Mi vida apenas comienza


Mi vida apenas comienza

— ¡Carajo!… cómo puede ser posible que una sola frase haya hecho cambiar mi vida y que ahora me tenga aquí sentada, sufriendo de frío, -expresé- tomando sorbos de té de tila para los nervios que no servían para nada. Estaba temblando de frío y ardiendo de temperatura. ¡Qué demonios me ocurre! ¡Qué me trajo aquí! ¡Qué es lo que busco! Tengo lo suficiente para vivir: casa, trabajo, dos hijas, un marido que es más bien un amigo. ¡No entiendo qué me pasa!, -seguí preguntándome y reprochándome, mientras esperaba con ansia y duda a alguien.

La vida al fin me daba la oportunidad de respirar con tranquilidad y paciencia puesto que después de sentirme, desde mi niñez, como una mujer desprotegida, sola, humillada, poco valorada; me sentí como dicen por mi pueblo: “peor que un perro”; pero aún con todas las dificultades pude salir adelante, tomando una actitud de una mujer dura, incapaz de sentir amor por alguien más que no fuesen mis dos hijas.

Estaba aceptando vivir mi vida con el papá de mis hijas, quien después de abandonarme el muy “jijo” había llegado a mi casa y lo había dejado entrar. Claro, seguramente él pensó que lo recibiría con los brazos abiertos; no, no, claro que no.

— Te quedas pero bajo mis condiciones, ah; además, yo ya no soy tu mujer, a esa la perdiste y si no estás de acuerdo la puerta está grande para que puedas regresarte –le remarqué con toda claridad-; pero decidió quedarse, ahora nos tratamos como amigos; pero me sigo preguntando ¿por qué, lo acepté? ¡Maldita sea! Todavía me duele su abandono, lo hizo justo cuando más lo necesité; sin embargo, luchaba por aceptar esta vida poco común.

Fuera de mi casa nadie me importaba; sentía que de alguna manera a todos les haría pagar lo que yo había sufrido. Sólo iba a mi trabajo y a mi casa. El amor era algo en el que ya no creía.

Una tarde sucedió algo inesperado.

Hola, saludos. –Alguien me saludaba- me quedé mirando un rato, pensando antes de responder. -Solo dejaba un saludo, -dice otra vez.

Antes de que se retirara.

—Hola, ¿cómo estás? ¿Acaso estás molesto? Espero que no, no me dejes esos saludos tan helados. –Contesté- algo apenada por la tardanza en mi respuesta sintiendo nervios.

—Perdón, sólo creí que no era el momento –responde-

—Siempre es el momento para platicar o ¿no? –le dije- ya con más confianza y amabilidad.

Así comenzó la charla entre nosotros. Comencé a buscarlo todos los días y cuando no lo encontraba sentía un vacío en mí, me ponía triste y me preguntaba: ¿le habrá pasado algo? Me acostumbré a sus charlas amenas y graciosas, me hacían sentir feliz y no quería separarme ya de él.

Casi enseguida le dije: Me pareces un hombre sabio y confieso que contigo he aprendido muchas cosas; pero lo más importante, has logrado hacer que vuelva a reír, llorar y confiar más en mí. Me haces sentir como una adolescente querida, deseada, amada,… La gente dice que me veo distinta. Todo esto te lo debo a ti.

Todos los días recibía en mi celular los más hermosos poemas que nadie había escrito. Así comencé a vivir un sueño de amor.

Ayer me dijo: -te invito a tomar un café, ¿aceptas? Me quedé pensando por un momento y no supe qué decir, sería la primera vez que me encontraría con un hombre en privado y porque se trata de un hombre que no conozco, de él sólo he escuchado su voz y visto algunas fotos. Nos conocimos y comenzamos a platicar  gracias a mi hermana quien me puso en contacto con él.

-Por Dios, no sé qué hacer, no sé qué decirle cuando lo vea entrar.

Mi mayor deseo es conocerlo y estoy segura de que se trata del mejor hombre, quien siempre he deseado. Ahora estoy dispuesta a vivir este sueño de amor con él. No me importa lo que diga la gente, incluso mi familia y el padre de mis hijas. No, esta vez no dejaré pasar la felicidad que tanto soñé en vivirla. Mi vida apenas  comienza.

Son las nueve de la mañana, se siente frío, como todas las mañanas de invierno, Suena el celular, miro el número, dejo pasar un par de segundos, contesto. En la puerta aparece Daniel, el hombre de mis sueños, con un pequeño arreglo floral y hablando por el celular.

Por Dios, es igualito a la de la foto –dije en voz baja- y es la misma voz que escuché siempre. “Gracias por venir, amor. Te quiero, te amo” –le dije- mientras lo abrazaba. De él, escuché la frase más tierna y dulce que había cambiado mi vida: “Te amo mi niña”.

Marcelino Hernández Beatriz

(Publicado en: Antolología de cuento breve. Invierno. Editorial BENMA, 2012. Se puede adquirir en las librerías del DF)

Acerca de MARCELINO HERNÁNDEZ B

Originario de Cruzhica, Xochiatipan, Hgo., Trabajé en CONAFE hasta el 2008. Actualmente laboro en la Dirección General de Educación Indígena (DGEI), en el DF.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s