LINO VA A LA LEÑA


LINO VA A LA LEÑA

Lino apenas tenía cuatro meses cuando en rebozo era llevado en la espalda de su abuela Margarita en los montes cercanos de Cruzhica a cortar leña con la mamá Chabela.

Lino era paseado por el monte mientras, de manera incansable, la abuela Margarita le mostraba las hojas de los árboles, le hacía olerlas y hasta cosquillitas le hacía en sus pies tiernos, Lino se retorcía lanzando pequeñas risitas. Le hacía escuchar el canto de las aves, el silbido del viento que cruzaba entre troncos, ramas y hojas. Escuchar  cómo corre el agua del riachuelo que chocaba con las piedras. Le hacía ver el cielo azul con algunas nubes blancas que viajaban. Lo sentaba en su regazo o en el suelo, cuidando que no se le acercaran esas malvadas hormigas negras o las rojas, conocidas como tsikamej o sea las arrieras. La abuela le seguía platicando acerca de lo que hacía su mamá con ese ruido del machete. Le señalaba la calandria que sin cuidado tejía su nido y dejaba escapar su canto. Cerca del lugar colgaba un morral en una rama de la limonaria que contenía un laso, un mecapal, dos piezas de pan dulce y una botella que contenía café y hasta una taza de barro.

Ya era casi medio día cuando Lino empezó a llorar, la abuela sin esperar más se apresuró a bajar el morral mientras le decía: “ya mijito, ya no llores, seguramente tienes hambre, pero mamita no puede venir a darte tu lechita; pero yo te traje algo que sé que te gusta mucho. Anda, anda chiquito ya no llores, ya no llores mi viejito que enseguida te doy tu panecito con cafecito”. La abuela sirve el café en la taza, saca una pieza de pan, lo parte en pedazos y lo remoja, se lo lleva a la boca de Lino, éste lo come ávidamente, dejando de llorar, siguió comiendo el pan hasta que había acabado con una pieza. –esta otra pieza te la guardamos para al rato porque estoy segura que otra vez vas a pedir, ya te conozco-, ¿Verdad que sí?-, le decía su abuela con una voz muy dulce- Lino respondía sólo con sus risitas de satisfacción.

Al poco rato llega la mamá Chabela y Lino la recibe con una gran emoción que rápidamente le mostró sus manitas para que lo abrazara.

– Mijito ¿cómo te has portado?, Sé que lo has hecho muy bien. Te voy a dar leche y ya nos vamos a casa, espero que lleguemos antes que papá. Chabela se sube la blusa bordada con vistosos colores y le da leche.

– Mamá, me tardé mucho porque casi no hay palos secos.

– No te preocupes hija, lo bueno es que completaste un tercio. Tú ya sabes que mi viejito él llora sólo cuando tiene hambre o le duele algo. Ahorita, después de que coma se va a dormir.

– Eso sí. Qué bueno que sea dormilón y no chillón. Ya viste cómo está gordito, seguramente es por comer tanto pan, lo vas a mal acostumbrar.

– No. Cómo crees. Sólo quiero que esté bien, sano y fuerte.

– Eso sí lo creo; pero ya vamos preparándonos para regresar porque este chiquillo ya se durmió. La abuela cargó al niño en la espalda y la mamá Chabela se trajo la leña. Lino despertó ya en casa. Había cumplido satisfactoriamente su tarea.

 

 

MARCELINO HERNÁNDEZ BEATRIZ

Acerca de MARCELINO HERNÁNDEZ B

Originario de Cruzhica, Xochiatipan, Hgo., Trabajé en CONAFE hasta el 2008. Actualmente laboro en la Dirección General de Educación Indígena (DGEI), en el DF.
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